La Luna

Él nunca quiso nada más de lo que quiso a la Luna. Él nunca contempló nada por tato tiempo como lo hizo con Ella y, en su infinita belleza, la Luna nunca bajó la mirada hacia el lobo que durante cientos de noches la contemplaba. Ella siguió ahí, brillando en un cielo que se hacía cada vez más y más oscuro.

La contempló desde el primer día en el que salió llena a iluminar el cielo hasta el día de su ocaso. La persiguió durante cientos de días, corriendo tras ella como sólo aquellos que están poseídos por la determinación ciega que da el fanatismo pueden hacerlo.

Absorto, obsesionado, enamorado, saltó desde lo alto de acantilados y montañas intentando, por un segundo, habitar el mismo cielo que ella habitaba, para estar a su lado, para poder deleitarse con su presencia. Pero aquellos intentos duraban milésimas de segundo, pequeñas fracciones de una vida que se evaporaba para él como lo hace el agua que recorre las calles.

Cortes, raspaduras, fracturas, hematomas y demás cicatrices adornaban su cuerpo tras cada intento de, aunque la vida no lo quisiera, llevar la contraria y buscar pertenecerle. Caída tras caída, el lobo fue cambiando, fue perdiendo vitalidad y, con tranquilidad pero con la certeza de las cosas que están destinadas, algo crecía en lo más profundo del laberinto de su alma.

El frío se fue apoderando de él. La oscuridad, una vez las luces se extinguen, es lo único inevitable. El cielo se fue vaciando de estrellas, el mundo, como una vela en medio del viento, se fue tambaleando hasta apagarse en un soplo que sólo dejó un hilo de humo gris, casi transparente, con el cual se extinguió la última luz de sí mismo. La amargura, el dolor y el hastío se apoderaron de su corazón, convirtiéndolo en una bomba de ponzoña, de veneno que contaminaba a todo aquel que se acercaba a él.

Sin darse cuenta, cada vez que probaba pertenecer al cielo sus pies se despegaban menos del suelo hasta que, una noche sus pies ya no alzaron vuelo. Sus ojos, de antiguo brillo hipnótico, yacían hundidos en sus cuencas, opacos, sin la chispa de la vida tras ellos. Su cuerpo, derrotado, descansaba en el suave pasto de su vida, aquella que a veces sentía no le pertenecía ya.

Nunca podría alcanzarla. La Luna, en su infinita lejanía, nunca acudiría a él en medio de su vuelo y lo rescataría de una herida más, de una nueva caída. Lo supo desde el principio, pero algo dentro de él se negaba a aceptarlo y ahora, sabiéndose completamente derrotado, aquello que lo impulsaba a saltar, a moverse y buscar de nuevo aquellos instantes robados al destino, se percató de que ya no era como antes. Su realidad fue cambiando hasta que, con amarga satisfacción, supo que no era un Lobo más.

Era, por la oscuridad en sí mismo, un hijo de la noche. Se convirtió en la oscuridad misma, en un Demonio.

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El Diablo – Epílogo

El humo de un cigarrillo escapa entre sus dedos dibujado arabescos en el aire, tiñendo el universo en una neblina azulada que desprende nicotina y malos presagios. Con ojos cansados mira la ciudad hundirse bajo un cielo de plomo y una cortina de rabiosa lluvia que amenaza con enterrar todo bajo su húmedo y frío abrazo.

Un zumbido sordo acompaña sus pensamientos, regalándole un dolor de cabeza que es apenas comparable con el dolor que se infringe a sí mismo al pensar. Los recuerdos y la culpa pesan más que las balas le habían dicho años atrás, pero nunca había entendido hasta qué magnitud.

Apuró las últimas caladas del pitillo que sostenía en sus manos y tomó uno nuevo, encendiéndolo con el que estaba agonizando. Siempre le había parecido curioso como las buenas cosas de la vida eran iguales al humo que emanaba el tabaco al quemarse, muy visibles mientras se estaban consumiendo y, al final, se desvanecían en el aire y dejaban todo impregnado de su aroma, de pasado y de la incómoda sensación de vacío. Fue así como, calada a calada, evaporó el cigarrillo y, con él, todo aquello por lo que una vez vivió.

Bajando de su balcón se arrastró hacia su cama, donde el recuerdo de la vida que perdió era más fuerte. Sonrisa de dolor dibujada en su rostro, se preguntó en qué momento la agonía iba a desaparecer y, si esta vez, iba a ser capaz de soportarlo. La vida está cargada de tristeza se decía, y lo único que él sabía hacer era llamarla y destrozar todos y cada uno de los momentos felices que habían intentado poblar la suya.

Desprovisto del caparazón de acero que había construido años atrás, miraba su antigua prisión metálica con aprensión, recorriendo con los dedos las grietas que se habían ido generando y que, en ese momento, habían llegado hasta su carne y arañado sus huesos.

Boca arriba en su lecho, recordó todo aquello que había hecho hasta ese día. Recordó cómo había fallado una y otra vez en reconocer todo aquello que había sido importante para quienes lo rodeaban. Rememoró todas las veces en las que había obligado a quienes amaba a tolerar su falta de humanidad y, sobre todo, recordó la cara de ella mientras él la hundía en su pozo de miserias.

La había perdido, y él lo sabía. Lo pudo notar en sus ojos, lo había notado en la preocupación y el frío de su voz la última vez que la vio, el mismo día en el que él había saltado al vacío sin darse cuenta y se quitó la vida. No supo bien cómo, no supo siquiera qué decir o hacer para evitar la caída y su muerte, pero supo que nunca iba a perdonarse en vida. Supo que ella, a pesar de todo, aún lo amaba y que él no era digno de aquel sentimiento.

Tomó un fósforo con la mano y lo encendió en  la pared. Cerró los ojos y conjuró lo único bueno que le quedaba en el corazón: la sonrisa de felicidad que algún día ella le había otorgado al decir su nombre. Con dolor en el cuerpo y el alma rota lanzó el fósforo hacia las sábanas, y ardió junto con todo lo que había construido y todo lo que había destruido a su paso.

Cerró los ojos y, aquel hombre de cabello plateado y mirada de fuego se entregó al infierno, volviendo a casa. 

Tomando su lugar como el Diablo.

Memorias de un Demonio, V.II

Al llegar a casa, Sophia notó de inmediato que algo no estaba bien en su esposo. Armada de camisón y un vaso con café se acercó y se tendió junto a él en la cama.

– ¿Qué te ha dicho el editor? ¿Qué quiere que escribas?

– Una biografía, poca cosa. Se supone que me debe llegar toda la información y, para el invierno debo tener listo el manuscrito. – Respondió él mientras intentaba sonar despreocupado – La paga es excelente y ya he aceptado. Esto nos va a venir bien, mi cielo.

Sophia siempre se daba cuenta de cuándo su marido estaba preocupado y no decía toda la verdad. Aquella noche, además del hecho de saber que le ocultaba algo, notaba preocupación en la voz de Martín. Quizás por eso lo dejó estar y no preguntó nada más.

A la mañana siguiente, un mensajero se acercó hasta el apartamento del escritor y le entregó la documentación que Neveau le había mencionado la noche anterior. Decidió entonces bajar hasta la oficina del banco cerca a las Ramblas, para dar un paseo y despejarse. Al llegar a la oficina, introdujo la cartilla en la máquina automática y consultar su saldo. La exorbitante cantidad de ciento cincuenta mil euros estaba depositada en la cuenta añadida a sus ahorros. Decidió retirar entonces una parte y, ya que estaba obligado a cumplir con el encargo, utilizaría el dinero en la mujer que siempre le había brindado paz e inspiración. Se acercó hasta una floristería ubicada en un lateral de las ramblas y compró un majestuoso ramo de rosas.

De vuelta a casa, armado de flores y de su embriagante aroma, dibujó la sonrisa de galán de sesión de tarde que Sophia le había insistido hasta el aburrimiento que poseía y entró en casa. Sophia, al ver las flores, se olvidó de absolutamente todas las dudas que el nuevo trabajo de su esposo le generaron y, con una mirada bendita en el rostro, recibió las flores y guió al escritor al cuarto.

La redacción del libro le tomó diez meses exactos a Martín. Desde la primera semana de trabajo se dio cuenta de que la persona sobre la que estaba escribiendo era nada más y nada menos que un terrorista de alto rango, uno de aquellos hombres que dinamitaba su tiempo volando edificios y estaciones de trenes. No le costó mucho tiempo darse cuenta de qué terrorista había sufrido un ataque de vanidad y decidió plasmar en papel y tinta su aborrecible obra.

Sentía que aquel libro que estaba escribiendo era más parecido a un monstruo que a una creación, que cada línea que escribía y mecanografiaba en su Underwood estaba escrita con la sangre del sacrificio de todo lo bueno y humano que había en sí. El décimo mes, cuando deslizó por última vez una hoja por el tambor de la máquina, sintió un escalofrío al ver completa su obra, una que no le generaba más que nauseas pero que, aun así, era su creación y, por tanto, su hijo.

Era la mañana del 12 de diciembre de aquel año y no había podido dormir ni una sola hora. Sophia lo había sentido dar vueltas en la cama toda la noche y, con el corazón en un puño, se encargó de hacer de aquel día un día normal. Se levantaron juntos y acudieron al cine, a la misma sala en la que había comenzado todo para ellos. Al llegar la tarde, Martín recogió el manuscrito de su escritorio y partió a su encuentro con Neveau, sintiendo como un escalofrío recorría cada milímetro de sus nervios.

Antes de partir, Sophia le entregó un sobre y le pidió que, sin importar qué pasase aquel día, lo abriese cuando estuviese volviendo a casa.

Llegó al restaurante del Ritz, donde tenía cita con el editor. Se anunció y el maître lo guió hasta una lujosa mesa en el centro de la estancia. Apenas se veía gente y supo que Neveau había reservado todo el salón para la entrega del manuscrito, evitando la mirada de cualquier persona ajena al servicio del hotel.

El editor lo esperaba en la mesa disfrutando de una copa de vino y devorando azucarillos para el café con voracidad lobuna. Al ver a Martín, se levantó e hizo gesto para que se acercaran.

– He esperado este día con ansias, camarada. – dijo mientras sonreía – Permítame decirle que no esperaba que pudiese terminar el libro en la fecha acordada, dada su inicial resistencia a este proyecto.

Martín no quería dilatar mucho el asunto y decidió que la mejor manera de acabar con aquel encuentro era seguirle la corriente al editor y salir de allí en cuanto pudiese. Deslizó el manuscrito sobre la mesa y esperó a que el editor lo hubiese revisado para decir lo que hace eses tenía incrustado en la cabeza.

– Señor Neveau, agradezco la confianza puesta por usted y su jefe en mí para esta empresa. No quisiera ser descortés, pero voy a tener que pedirle encarecidamente que no me vuelva a contactar nunca más y que mi nombre no aparezca en ninguna página de este libro. Gracias por todo y hasta la vista.

– Amigo Gispert, me llena de tristeza saber que, pese a pasar casi un año en esta empresa, no está usted contento con su trabajo. Hecho lamentable pero aun así, no puedo culparle. El resto del dinero ya ha sido transferido a su cuenta y es usted libre de irse cuando le plazca, todo esto con el recordatorio de que siga manteniendo esta empresa en secreto absoluto. – replicó Neveau, con marcada impaciencia y un brillo de hielo en los ojos.

Martín asintió y salió de allí tan rápido como pudo sin que se notase su prisa por irse. Al salir a la calle sacó el sobre que Sophia le había dado y lo abrió. Sus sospechas eran ciertas, iba a ser padre. Un soplo de calor subió entonces por su cuerpo y pensó que, pese a que todo le indicaba lo contrario, la vida le estaba sonriendo por haber finalizado aquel trabajo y pronto volvería a su vida normal.

Comenzó a caminar hacia la parada de taxis más cercana cuando vio que Neveau salía del hotel escoltado por un pequeño ejército de personas armadas. Vio cómo éste daba órdenes y, con pánico en los huesos, sintió cómo el mundo se venía abajo al leer los labios del editor. “Quemen todo”.

Corrió hasta el primer taxi y le gritó al conductor la dirección del apartamento. El conductor inició la marcha mientras él le pedía de manera repetida que acelerase y que le pagaría el doble del viaje si se apuraba. Una tormenta se arrastraba por el cielo desde las profundidades del mar y hacía presagiar el más fuerte de los diluvios. Para cuando el taxi llegó a la Plaza Real, la lluvia estaba arreciando y el mundo se sumió en la oscuridad más absoluta.

Su apartamento estaba en llamas.

La investigación correspondiente a aquel incendio en la residencia del señor Gispert y su esposa arrojaría la conclusión de que se trataba de un accidente. De acuerdo al reporte, un tubo de gas habría estado corroído y tendría una fuga que, al accionar la mujer del escritor un interruptor, había generado la conflagración y una explosión que se llevó por delante su vida y la del hijo que ésta estaba esperando.

El escritor enmudeció aquella noche y no fue capaz de articular palabras en una semana. Se mudó a una pequeña pensión de mala muerte en el Raval y entregó todo el dinero que poseía a la caridad.

Martín Gispert murió en la noche en la que el fuego arrasó con todo lo que había podido construir en vida y, pese a que su cuerpo viejo y ajado siguió con vida, su corazón, su alma y su inspiración murieron aquel día.

Memorias de un Demonio, V.I

El cielo se desangraba en millones de gotas que, por un instante, quedaron congeladas en el aire como si fuesen pedazos de vidrio esperando para acuchillar y rasgar el mundo entero en un soplo. Los rayos surcaban el cielo con ferocidad y el viento aullaba como una maldición.

Una columna de humo negro ascendía sin cesar como una bandada de pájaros sin control, mientras el olor a chamusquina y a dolor impregnaba el aire. Un corrillo de espectadores contemplaba el fuego ascender por las paredes del edificio mientras desafiaba a la intensa lluvia y al paso de aquella tormenta, mientras que un hombre que parecía haber envejecido cincuenta años en un instante yacía de rodillas en el suelo.

Aquel edificio que ardía era el suyo. Aquella casa en llamas era la suya, con todo lo que amaba dentro de ella. Aquel hombre de rodillas, era el Diablo.

Martín había acudido a la citación con el editor parisino solo, ya que Sophia no se encontraba del todo bien. Las últimas semanas habían sido un caos en la salud de su esposa, achacada por dolores repentinos de cabeza, mareos y nausea que ella prefería esconder de su esposo y hacer como si nada estuviese pasando.

Con la cabeza más en casa que en la cita que tenía por delante, Martín llegó al número 32 de la Avenida de Tibidabo enfundado en un traje negro de tres piezas que, a su propio juicio, lo hacía ver como un banquero sin alma ni conciencia. Tocó el timbre de la finca y, acto seguido, un mayordomo que parecía flotar sobre el suelo apareció y le indicó que lo siguiera.

Recorrieron el tramo desde la verja hasta la entrada a la casa, el cual estaba flanqueado por pequeños arbustos y setos del alto de un jugador profesional de baloncesto. Al flanquear la puerta un hombre de calculada sonrisa e impecable aspecto los recibió.

– Bienvenido señor Gispert, le esperaba con ansia. Mi nombre es Samuel Neveau, un placer conocerlo – dijo mi anfitrión mientras me tendía una mano.

– Un gusto, señor Neveau.

– Por favor, acompáñeme a la sala de estar, temo que la cena aún no se encuentra lista; pero permítame ofrecerle una copa de vino como aperitivo, para ir entrando en calor.

Siguió al editor por un pasillo señorial con paredes llenas de obras de arte que, sospechaba Martín, tenían más valor que todo el caserón en sí. Llegaron a una sala custodiada por paredes llenas de libros desde el suelo hasta el techo, una hoguera encendida que le confería un aire cálido y cobrizo a la sala y dos sillas de mariscal de cuero. Todo en aquella sala rezumaba dinero, desde la calidad de la madera de los estantes de la biblioteca hasta el aroma a roble y cedro de la madera ardiente en el fuego.

Se sentaron en las sillas, enfrentados el uno al otro y, con un gesto de su mano, el mayordomo sirvió dos copas de vino. El caldo resultó delicioso al paladar de Martín, que nunca había saboreado un vino así.

– Cosecha privada traída desde la Riviera – dijo Neveau, leyendo su pensamiento. – Señor Gispert, agradezco que haya venido hoy a verme. No pretendo quitarle mucho tiempo ya que veo que su señora no ha podido acompañarnos el día de hoy, y quisiera ser todo lo directo posible sobre la oferta que estoy por hacer.

– Lo agradecería. Mi esposa ha estado un poco mal de salud y preferiría no pasar mucho tiempo lejos de ella – respondió él, inquieto por el brillo salvaje, casi lobuno de los ojos del editor al hablar.

– La propuesta es muy sencilla. Quiero que escriba usted un libro autobiográfico de uno de las personas más influyentes del mundo. Por motivos de seguridad, esta persona no se puede entrevistar con usted para darle todos los detalles del caso, pero contará usted con todos los archivos de información recopilados por otro escritor le ha dejado. En estos archivos está descrita al detalle la vida, obra y gracia de la persona sobre quien usted va a escribir. El libro llevará su nombre como el de asesor bibliográfico pero no será de su autoría. – Expresó con mirada serena, vacía – Este libro tendrá que ser escrito por usted en el plazo de diez meses. Recibirá usted la suma de ciento cincuenta mil euros al iniciar este contrato y, tras la entrega, recibirá la suma final de cien mil euros más. Si decide aceptar, el primer pago será depositado de manera inmediata a su cuenta bancaria.

La visión de aquella cantidad de dinero nubló la vista del escritor por unos instantes. La propuesta parecía sencilla aunque la conciencia le comenzaba a escocer cada vez que pensaba en la temática del libro. A su entender, el editor pretendía que crease un libro que, palabras más o menos, adornase la vida de alguien que había hecho lo suficiente como para tener que vivir en el anonimato.

Estaba debatiéndose el rechazo de la oferta cuando el editor, con una voz fría y cortante lo interrumpió.

– Espero por su bien y el de su esposa que acepte mi propuesta. Con esa cantidad de dinero puede asegurar el futuro de ella y podría incluso comenzar a planear en tener una familia. Créame cuando le digo que esta sociedad es para su bien y que, en caso de no aceptar, me veré puesto en la obligación de utilizar medios más disuasorios para que se encomiende a esta magnífica empresa – dijo esta vez el editor con un tono amenazador que no le gustó nada a Martín.

– ¿Me está usted amenazando, señor Neveau?

– Apenas le estoy haciendo una sugerencia inteligente. Ya que es usted un hombre de familia y parece ser sensato, el día de mañana recibirá en su casa el pliego de documentación que le mencioné y podrá disponer de su dinero a primera hora de la mañana. – Finalizó el editor mientras se incorporaba – Gracias por venir señor Gispert. Dalmau lo acompañará hasta la puerta si prefiere irse sin cenar. Buenas noches.

Estiró la mano hacia Martín esperando que él la estrechase. Martín, presa de la rabia y la preocupación, dibujando una sonrisa que más pareció una mueca aceptó el gesto y salió de allí con paso firme.

Salió de aquella casa escoltado por Dalmau, quien se movía como una sombra tras su espalda, y al llegar a la calle para abordar el taxi de camino a casa le pareció que la noche era más oscura de lo que había imaginado jamás.

Memorias de un Demonio, IV

Las salas de cine Dante, abiertas décadas atrás, eran uno de esos espacios en la embrujada ciudad de Barcelona que hacían pensar a Martín que la vida se podía ver más clara en los corrillos de gente en las calles que en todos los medios de comunicación del mundo.

Condenado a perecer, el cine Dante reunía a una nutrida afluencia de público de mediana edad, aquellos que parecen inmunes aún al encanto y brillo de los modernos centros comerciales importados desde Estados Unidos. Vestido de domingo, Martín esperaba sentado en un banco cerca a la entrada del cine. Había llegado con un cuarto de hora de anticipación al inicio de la película y los nervios se lo comían por dentro como si aquel fuese su primer envite en temas del romance.

Sophia no tardó mucho en llegar. Lucía un vestido blanco, casi tanto como su piel, lo que hacía que pareciese como si estuviese desnuda. Llevaba su castaño cabello anudado en una coleta y apenas se le notaba algún tipo de maquillaje. Si de verdad existe un dios y este tiene un séquito de ángeles, Sophia debía ser sin lugar a dudas uno de ellos.

Martín la miraba como solo aquellos que han descendido al pozo más oscuro de la vida pueden hacerlo al ver la luz. Con la sonrisa encendida, se puso de pie mientras ella se acercaba con un liviano rubor en sus mejillas.

– Has llegado pronto – dijo ella.

– Hace mucho que no vengo al cine, he querido ser precavido. ¿Quieres comer algo? – preguntó él solícito – según he visto mientras esperaba, las palomitas están de miedo.

– Palomitas entonces – repuso ella asintiendo.

Hicieron la fila mientras contemplaban a las demás personas que atestaban el cine, muchas de ellas parejas. Entraron a la sala y, por primera vez en sus vidas, se sentaron más de una hora juntos, compartiendo pequeños apuntes sobre la película y, más él que ella, contemplando al otro en medio de la mágica penumbra de la sala y el tecnicolor.

Al finalizar la película salieron de la sala y se encaminaron hacia la cafetería del señor Álvarez, conversando sobre todo, y sobre nada al mismo tiempo. Al llegar a la cafetería, Sophia se detuvo a un lado de la puerta, donde no podía verse a través del ventanal y lo miró, con ojos encendidos.

– Gracias por lo que escribió, Martín. Nunca nadie había hecho algo parecido por mí, y espero que sea usted el único que lo haga.

Antes de que pudiese responder o pensar siquiera en una respuesta, Sophia se acercó le besó, para entrar en la cafetería de inmediato, roja como un pimiento morrón.

Martín quedó ahí, de pie en la entrada de la cafetería con el cerebro en blanco y el corazón lleno de grandes esperanzas.

Los meses pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Martin no faltó ni un solo día a su cita de las tardes en la cafetería con Sophia y, casi todos los fines de semana, salía con ella a pasear por Barcelona con ella de la mano, al cine o a disfrutar de la vida que se había abierto ante ellos esa tarde en la que, con un roce de labios, habían sellado un pacto de por vida.

Martín recibió muy buenas críticas tras publicar la novela escrita en inspiración de Sophia, por la cual recibió una suma de dinero que nunca había imaginado. Al comenzar a salir con ella, decidió invertir cualquier ganancia obtenida con el libro en una casa, la cual esperaba llenar algún día con la presencia de Sophia.

Alimentado de inspiración a diario, Martín comenzó la redacción de una segunda novela, la cual debía dar continuación a la primera. El día de su publicación su editor había organizado una reunión de presentación en el Círculo Ecuestre de Barcelona, a la cual acudieron medios de comunicaciones y editores de diferentes editoriales extranjeras. Allí, rodeado de lo que habría de ser la cúspide de su carrera literaria, le pidió matrimonio a Sophia y, dos meses después, pasarían por vicaría y se mudarían a la casa del escritor.

La segunda novela de Martín fue cosechando menciones y reconocimientos con el paso de los días, hasta convertirse en un éxito literario. Conforme se acumulaban las distinciones, lo hacían de igual manera los odios y las propuestas comerciales para el escritor Una mañana un sobre de opulenta apariencia llegó hasta su puerta proveniente de París. Una propuesta comercial de Éditions de L’âme lo convidaba a él y a su esposa a una cena en las inmediaciones de un caserón ubicado en la Avenida del Tibidabo.

Un escritor no olvida nunca la primera vez que recibe el primer pago o halago por una de sus creaciones, porque desde ese mismo momento le pone un precio a sus convicciones y a sí mismo. La vanidad y el Ego se apoderan de todo en el mundo, comenzando por los corazones de aquellos que viven de lo que su corazón atesora. Esa invitación sería el final de la vida tal y como la conocía.

Su nombre era Samuel y su propuesta trajo el infierno consigo.

Memorias de un Demonio, III

Despertó sobresaltado por un estruendo que parecía querer levantar su casa de golpe. La tormenta que azotaba su ventana parecía no tener fin y no conocer de limitaciones de fuerza. No había podido dormir más de tres horas, mientras las pesadillas acompañaban su sopor. La última había hecho que su piel sudase frío, en medio de un crudo y gélido enero. Había visto a Sophia escapar de su lado, pero no lo hacía de manera voluntaria y sana, una conflagración se llevaba por delante todo cuanto él amaba en cuestión de segundos.

Se incorporó de la cama y se calzó un par de pantuflas de viejo que había comprado hace un par de días. Odiaba con todas sus fuerzas estar calzado dentro de casa, pero la temperatura invitaba a cualquier cosa menos a dejar la piel expuesta. Salió perezosamente de su habitación y se encaminó a la cocina. Tomó un vaso y lo llenó de agua. Mientras bebía, supo que no iba a ser capaz de sentarse a trabajar en la entrega que tenía pendiente con su editor, porque no iba a poder escribir una sola línea coherente.

Decidió entonces sentarse a hacer lo que más criticaba de la sociedad, quemar tiempo frente a la caja de imágenes y sonido. Nunca había sido adepto de la televisión, aunque disfrutaba de las funciones de cine que se realizaban todos los jueves cerca de casa. Encendió el artilugio, apenas una pequeña pantalla unida al cuerpo de un buque de marina, y comenzó a cambiar de canales hasta que encontró un partido del Barcelona, único equipo al cual seguía sin fervor pero con cierto interés.

Las imágenes de las jugadas fueron meciendo sus ojos hasta que, sin darse cuenta, se entregó a un sueño líquido, igual al de los fármacos que utilizan doctores para operar a sus pacientes. Surcó un descanso sin sueños y despertó entrada la tarde. Sintiendo el peso del hambre, se metió a la ducha y se vistió para salir a buscar algo que comer, pues no tenía ganas de hacer siquiera un café.

Al pasar por el corredor camino a la puerta de salida se detuvo en la cómoda de la entrada y abrió el primer cajón. Ahí reposaba el manuscrito que había estado redactando durante un año a la luz de Sophia y el aroma de su presencia. Lo acarició con una sonrisa en los labios y lo tomó. Aquel día se lo entregaría, para que ella pudiese tener entre sus manos un pedazo del corazón de él.

Caminó por las calles sin un rumbo fijo y encontró un Ristorante italiano que, de acuerdo al cartel, ofrecía las mejores pastas caseras del hemisferio norte. Decidido a probar la cúspide de la cocina italiana en el lado europeo del mundo, entró y tomo asiento en la mesa más cercana a la puerta y al ventanal. No estaba acostumbrado a comer acompañado, pero le gustaba la sensación de ver pasar a las personas, en su mundo, mientras él hundía la cuchara en su plato.

Un mozo de apenas unos 16 años de complexión raquítica se acercó y tomó su orden, denotando un claro acento italiano en el proceso. Al menos, se auguraba que la comida estaba hecha por nacionales de tan ingenioso país.

Llevaba años sin comer manjares como los que comió aquella tarde y se prometió que, si la vida le daba la oportunidad, volvería a aquel restaurante, esta vez acompañado. Pidió la cuenta y una Granitta de limón para llevar, dejó una generosa propina para el mozo que lo había atendido y puso rumbo a la cafetería del señor Álvarez.

Tardó poco en llegar y, cuando entró, el señor Álvarez lo recibió con una cálida sonrisa.

– ¿Qué Martín, le ponemos lo de siempre?

– Hoy no señor Álvarez. Póngame usted un coñac bueno y sírvase uno a mi nombre, que el frío que hace amerita calentarse los huesos y el cerebro, ya de paso.

El señor Álvarez recibió con vítores la generosidad de Martín y procedió a llenar dos copas con el mejor coñac que tenía en el bar. Martín tomó asiento en su mesa predilecta y, con el beneplácito del señor Álvarez, procedió a encender un cigarrillo importado, comprado en una tienda especializada en delicias de todo el planeta.

Sophia apareció de la trastienda luciendo cara de esfuerzo y, al ver a su padre bebiendo, recorrió con los ojos la cafetería en busca de la razón. Se encontró con un sonriente Martín, que la miraba tras una cortina de arabescos de humo que pendían en el aire.

– Vamos a ver si los señores se controlan con la botella que queremos la fiesta en paz – dijo ella en tono severo pero con una sonrisa en los labios.

Salió detrás de la barra y se sentó en la mesa con Martín, aprovechando la poca afluencia del día.

– ¿A qué debemos los aires de celebración, Martín? – preguntó ella mientras tomaba asiento.

– Nada en particular, Sophia. Pese a que el cielo y el clima de esta ciudad se empeñen en hacernos la vida importante, hoy es un buen día y, como hombre de palabra que soy, he venido a dejarte algo que debías tener antes que nadie en este mundo.

Sophia entendió de inmediato a lo que se refería y abrió los ojos como platos.

– ¿Ya lo ha terminado usted?

– En la noche de ayer. Esta es la única copia existente por lo cual, si le gusta lo que lee, le pido que no lo dañe y que me lo devuelva a modo de préstamo, para que mi editor pueda reimprimirlo.

– No se me ocurriría nunca, Martín. Esto es una parte de usted, y la pienso cuidar como si fuese yo misma.

Tomó el manuscrito que Martín le tendía y salió rauda hacia la trastienda. Él se quedó sonriente mientras terminaba su copa y, al terminar, abonó la consumición al señor Álvarez y puso rumbo a casa.

Pasó aquella noche intentando cumplir con la cuota diaria para cumplirle a su editor y, por una vez, fue a dormir temprano, esperanzado en que ella estuviese surcando en ese mismo momento en el mar de palabras, emociones y sensaciones que él había escrito para ella.

Los comentarios de Sophia no se hicieron esperar. A la tarde siguiente, acudiendo a su diaria cita con el café, Sophia se acercó hasta su mesa con el manuscrito en la mano y la mirada llena de luz. No dijo una sola palabra, tan solo dejó el libro y se marchó a la trastienda. Asombrado por la reacción, decidió entonces apurar el café y volver cuanto antes a casa, confundido por la reacción de su inspiración.

Llegó y lanzó el manuscrito sobre la mesa de la sala de estar y, para su sorpresa, algo salió de entre las páginas. Se acercó y descubrió dos entradas para la función de cine de la tarde siguiente. Tras una de las entradas había una nota que rezaba “No faltes”.

Con una sonrisa en los labios se fue a dormir en aquel instante. Estaba seguro de que su vida, su vida de verdad, comenzaba el día siguiente.

Y así comenzó el principio del fin.

Memorias de un Demonio, II

Tras horas de contemplar la nieve aquel hombre mayor por fin se movió. Giró su cabeza hacia los lados, haciendo que los huesos de su cuello sonasen como piezas de un mecano oxidado por el tiempo. Se incorporó, apenas una sombra del hombre que un día fue, y salió caminando apoyado en un viejo bastón.

Una liviana cojera le confería un aspecto de veterano de guerra, mientras que su mirada invitaba a todos aquellos en la calle a cualquier cosa menos a acercársele. Con lentitud, el hombre fue enfilando calles y avenidas hasta detenerse a las puertas de un pequeño café incrustado en uno de los laterales de una plaza. Se quedó contemplando a la pequeña congregación de personas dentro del café, charlando y protegiéndose de aquel inhóspito día.

Era una nevada tarde de domingo en la que el cielo auguraba plomo y lluvia en forma de polvo. Se habían cumplido más de diez meses de su primera visita a aquel lugar en el cual había aprendido al instante que ella, Sophia, era el alma, corazón y cerebro de aquel pequeño café. Era la hija del dueño, un veterano de guerras que se había cansado de la inmundicia del mundo y, con lo poco que pudo ahorrar durante sus años mozos, había abierto aquella cafetería, amén de lidiar con causas más tranquilas como las elecciones presidenciales o los clásicos de La Liga.

Según había podido escuchar de los clientes habituales y amigos del propietario, había sido una dama de finas maneras y delicada salud proveniente de Francia. Falleció la noche en la cual trajo a Sophia al mundo, dejando solo a aquel hombre que, a base de esfuerzo y entrega, había criado a Sophia de la mejor manera que pudo, haciendo de ella una magnifica mujer.

Dedicaba todas aquellas tardes a descansar del trabajo y a sentirse un poco menos mercenario de lo que sabía que era. Durante las mañanas, desangraba su cerebro escribiendo historias de intriga para una sociedad que, por más que Darwin dijese lo contrario, se jactaba de embrutecerse frente a las pantallas de televisores y otros artilugios, y dedicaba las noches siguientes a su visita al café a la empresa que habría de mantenerlo con vida durante años y lo haría conocido entre las plumas del país, escribir un libro digno de Sophia.

Todas esas tardes, sin falta, se sentaba en la misma mesa, pedía un café negro sin azúcar, algo de comer y se hundía en cuartillas de papel blanco que arañaba usado una estilográfica obsequiada por su primer editor años atrás. La mayoría de las veces escribía sobre ella, mientras miraba como la cafetería entera se encendía con su presencia. De tanto observarla, pudo reconocer en su rostro cosas que otros apenas alcanzaban a adivinar viendo en ella preocupación cada fin de mes, cuando los recibos se apilaban a la entrada del local.

Tras diez meses de continua observación, su obra andaba por muy buen camino, al contrario que su salud. Los días entregados a su trabajo y las noches de escritura frenética dedicadas a Sophia habían puesto unas permanentes bolsas negras bajo sus ojos y le había adelgazado la figura hasta hacerlo ver unos cuantos años mayor, situación que no se había escapado al padre de Sophia, quien le preguntaba tarde sí, tarde también, si se encontraba bien y si no estaría trabajando demasiado.

Fue así como la nevada tarde del 29 de diciembre Sophia se acercó a su mesa, portando dos tazas de café y una bandeja de pastas recién horneadas

– Hace meses que mi padre y yo nos preguntamos qué escribe usted cada tarde.

Él la miró con asombro, pues en todos aquellos meses nunca se había acercado a hablar directamente con él. Ella debió percibir la sorpresa en su mirada porque dibujó una sonrisa amable en su rostro y una expresión de complicidad.

– Lo siento si lo he incomodado. Sólo quería acercarme y traerle este café y algunas pastas hechas por mí, cortesía de la casa.

– No, disculpe mi mala educación. No me ha molestado usted en absoluto. A decir verdad, me acaba de salvar de un agujero de negro en el cual no me sale ni una sola palabra. Ya que el café es gratis y las pastas también, ¿podría yo invitarla a uno? – dijo él mientras extendía una mano hacia la silla contigua.

Sophia lo dudó un instante. Acercó el segundo café que llevaba en la bandeja hasta la única otra mesa ocupada, tomó un vaso de agua de la barra y se sentó. Su mirada intentaba ocultar cualquier sensación, pero la curiosidad desbordaba por los rincones que ella, por su corta edad, no era capaz de esconderle a aquel extraño.

– Mi nombre es Martín, es un gusto conocerte. Lo que estoy escribiendo no es más que una novela, una que si me lo permites, serás la primera persona en leer y en juzgar.

– ¿Por qué debería ser yo la primera en leerla? – preguntó ella con una firme mirada, indiferencia en retirada.

– Porque, aunque a veces no lo creamos, el destino obra en este mundo y nos regala inspiración donde menos la esperamos, una inspiración que no nos pertenece y que habemos de devolver.

Esa fue la primera vez que Sophia y Martín hablaron a solas, mientras la mirada magnánima del padre de ella los acompañaba a la distancia. Muchas tardes más siguieron a aquella tarde, marcando en aquel 29 de diciembre el nacimiento de la segunda oportunidad de Martín.

Poco sabía él que la vida no da segundas oportunidades y que, cuando lo hace, deben de cuidarse como nada en el mundo porque, si se pronuncian en voz alta, se desvanecen como sueños.

El hombre mayor dibujó en su rostro una sonrisa, recordando aquellas tardes y, con una mirada cargada de dolor y de melancolía, partió de nuevo, un insecto más en medio de la tremenda gracia blanca del cielo de la Tierra de Dios.