Tired

Agotados todos mis músculos, exhausto de la enorme montaña de trabajo y obligaciones adquiridas fortuitamente con las que castigo mi cuerpo, descanso tendido en el duro y helado suelo.

Con el corazón latiendo desbocado mientras su incesante movimiento se dibuja sobre la piel de mi pecho, cierro los ojos y me dejo arrastrar una vez más por la sensación de dolor que recorre cada célula de mi humanidad.

Cicatrices sobre mí comienzan a abrirse, cubriendo todo en una lenta e incesante ducha de sangre oscura, casi negra, como si se tratase de un veneno que se esparce por el suelo. Todo lo que soy se convierte en una pila de materia irreparable, llevándome al estado de herida visual.

Todo en mí está roto, mi piel, mis músculos, mis huesos y mis nervios. Pero aún más pulverizado y desgarrado que mi físico se encuentra mi ser interno. Vacío, abandonado, desesperado.

Abro los ojos en medio del fondo de mi oscuridad y miro hacia el cielo, buscando las respuestas que mi cabeza es incapaz de responder y, con crudeza, el negro cielo me responde con su infinito silencio, el mismo en el cual Dios decidió ignorarme en su interminable sabiduría. Las lágrimas quieren escapar de mis irritados ojos, pero nunca acuden al llamado de mis mejillas, evaporadas en medio del odio que aún alumbra mi cuerpo.

Condenado a ser una opción, una mera hormiga en el plan de un universo al cual nunca he visto la cara, el cual me otorga siempre el mismo perfil trasero. Heme aquí, inmerso en medio de un infierno que nunca pedí pero al que corrí sin medir las consecuencias.

Aquí estoy de nuevo, condenado una vez más a perecer.

Cansado, del mundo, de las elecciones, de la gente, de las expectativas y las desilusiones, cansado de todo.
Pero sobre todo…

Cansado de mí.

Anuncios

Tired

Agotados todos mis músculos, exhausto de la enorme montaña de trabajo y obligaciones adquiridas fortuitamente con las que castigo mi cuerpo, descanso tendido en el duro y helado suelo.

Con el corazón latiendo desbocado mientras su incesante movimiento se dibuja sobre la piel de mi pecho, cierro los ojos y me dejo arrastrar una vez más por la sensación de dolor que recorre cada célula de mi humanidad.

Cicatrices sobre mí comienzan a abrirse, cubriendo todo en una lenta e incesante ducha de sangre oscura, casi negra, como si se tratase de un veneno que se esparce por el suelo. Todo lo que soy se convierte en una pila de materia irreparable, llevándome al estado de herida visual.

Todo en mí está roto, mi piel, mis músculos, mis huesos y mis nervios. Pero aún más pulverizado y desgarrado que mi físico se encuentra mi ser interno. Vacío, abandonado, desesperado.

Abro los ojos en medio del fondo de mi oscuridad y miro hacia el cielo, buscando las respuestas que mi cabeza es incapaz de responder y, con crudeza, el negro cielo me responde con su infinito silencio, el mismo en el cual Dios decidió ignorarme en su interminable sabiduría. Las lágrimas quieren escapar de mis irritados ojos, pero nunca acuden al llamado de mis mejillas, evaporadas en medio del odio que aún alumbra mi cuerpo.

Condenado a ser una opción, una mera hormiga en el plan de un universo al cual nunca he visto la cara, el cual me otorga siempre el mismo perfil trasero. Heme aquí, inmerso en medio de un infierno que nunca pedí pero al que corrí sin medir las consecuencias.

Aquí estoy de nuevo, condenado una vez más a perecer.

Cansado, del mundo, de las elecciones, de la gente, de las expectativas y las desilusiones, cansado de todo.
Pero sobre todo…

Cansado de mí.

Mendigo de migas

El reflejo en el espejo colgado en mi pared trae de nuevo malas noticias. En él sigue apareciendo el mismo hombre de tez clara, cabello oscuro y mirada triste, hundida, como si se le hubiese arrebatado la felicidad que le quedaba de golpe. 

Día tras día aparece el mismo sujeto, el mismo ente que habita mi piel y que, con el paso del tiempo, pierde vitalidad y gana en experiencia. Largos alfileres de plata se asoman entre el cabello de mi reflejo, pequeños cráteres surcan el antes templado semblante del rostro, señal inequívoca de que el tiempo vino, y que no vino solo.

Mi reflejo me devuelve con cansancio una mueca mientras ajusto la corbata alrededor de mi cuello y me preparo una vez más. Mi reflejo me mira, me observa y se odia al ver lo que hice de él, lo que hice de mí mismo. Un mendigo de traje y sonrisa rota.

Un ser condenado a vivir de las migajas que se caen por los bordes de las mesas, mientras el mundo sigue girando sin piedad y los intentos del mendigo por frenarlo, por darle una identidad a este imparable movimiento, siguen siendo inútiles, estancando su mísera existencia a esperar un puñado de alimento que llega en forma de pellizco, de limosna.

Heredero de errores de un joven inexperto paga sus cuentas a diario, mientras construye en vano cientos de castillos que, a diario, palidecen mientras un manto de petróleo cubre el firmamento y desangra las nubes con un pesado abrazo mortal. Muy joven para unos, muy viejo para otros, lucha con el tiempo y, en su inmenso esfuerzo, se deja llevar por él mientras las sombras acechan su piel, esperando para engullirlo en cuanto se distraiga.

Sobreviviente a base de sueños prestados, de atención robada de sitios indebidos, de amor perdido y de pérdida, aplico loción en mi figura mientras el reloj cuenta de nuevo los segundos para volver a mi jaula, de la que tengo llaves pero no la voluntad de abandonar.

Mendigo, mendigo de nuevo de las sobras que me otorgan la atención y el cariño, vuelvo a poner mi más sincera sonrisa, mientras que, en mi interior, un grito escapa y desgarra mis pulmones.

Mendigo de las migajas que caen de mi plato, de la sonrisa de la inspiración que, aunque parezca un error, aún busco en cada amanecer, en cada puesta de sol… En el reflejo del mundo, de mí mundo, en tus ojos.

Wrong Side of Heaven

Vuelvo al frío suelo de adoquines húmedos y vapor viciado de aquel callejón abandonado a la mano de Dios. El oxígeno y los buenos recuerdos escapan de allí dibujando brumas en medio de la oscuridad de mi incómodo asiento. Una luz a lo lejos prende una guirnalda de cobre que se deshace en el brillo del suelo, tan cerca de ser calidez y tan lejos de lograrlo.

Una botella de vino se mantiene prendida de mi mano derecha, mientras que la izquierda sostiene un libro ajado por el tiempo y la soledad. Aquel vino, una suerte de gasolina rebajada con vinagre, ingresaba por mi boca y arrasaba con todo a su paso, desde mi salud hasta los oscuros resentimientos que asediaban mi cabeza.

Ahí estaba yo, al borde del colapso, convertido en una pila de despojos que no sabía cómo vivir pero que se aferraba con ansia sobrehumana a la vida, negándose a perecer conforme pasaba el tiempo. Preso de mí mismo, gerente y casero de mi propio infierno, miraba con detenimiento las estrellas mientras me hacía la misma pregunta años atrás resuelta una y otra vez, ¿por qué a mí?

Una vida de afanes y de carreras contra el reloj no había hecho más que dejar de mí, o lo que quedaba, un montón de músculos cansados y huesos vacíos. Sabiéndome un desastre desde antes de tener la edad para poder envenenar mi cuerpo con alcohol, me abandoné en cuerpo y alma a los maravillosos vaivenes de la vida, mujer más, mujer menos.

Dotado de la conciencia que tienen los niños pequeños, iba por el mundo entregando todo de mí sin esperar absolutamente nada a cambio, suponiendo que la vida, en su infinita sabiduría y misericordia, se apiadaría de mí y pondría en mi camino un ente milagroso que me devolviese todo aquello que, sin reservas, agoté dentro de mí.

Años después, vacío y derrotado no encontraba sosiego fuera de las páginas de los libros que sacaba a escondidas de bibliotecas y librerías. Condenado al anonimato y al repudio, no me atrevía a mirar a la vida a la cara, sabiendo que le había fallado tanto y de manera tan fausta.

Mendigo durante años pasados, volví a convertirme en lo que un día juré no volver a ser, un ente que se conforma con las miserias que dejan los demás, con las migas de pan que se caen por el borde de la mesa de la vida de los demás y que yo, con virtuosa habilidad, recolectaba y metía en mi cuerpo para sobrevivir.

Así fue como llegué a aquel callejón. Así es como me convertí en el rey del infierno, en un demonio que pasaba los días escondiendo en humor negro y sarcasmo todas las cosas que lo herían. Dueño de nada, heredero de historias a medias que no tenían objetivo más que el de llenar los espacios que le faltaban al día de soledad y remordimiento.

Condenado a vagar en esta suerte de existencia, me siento en el frío suelo de la calle que es mi vida, llena de puertas a lado y lado, todas ellas adornadas con un letrero de no pasar. Ella la primera. Miro una vez más al cielo y le pregunto a aquel dios en el que no creo cuándo va a parar, sabiendo que él, en su infinita indiferencia, nunca me va a responder.

Yo soy el regente de mi vida, soy quien me colocó en el lado equivocado del paraíso, con la voz de aquella mujer, que fue inspiración y lienzo donde vacié mis más profundos deseos sin detenerme a pensar en nada, taladrando mis oídos y condenando con severidad en lo que había dejado que el mundo me convirtiera.

Un simple residente en el Séptimo Anillo del Infierno.

Quizás

Probablemente no era el mensaje que ella esperaba,
Quizás ni siquiera esperaba alguno,
Pudo ser que tan solo deseara
Una voz que le susurrase apoyo.

Es muy posible que no necesite saber
Que el mundo entero corre bajo sus pies,
Pero quizás una sonrisa su rostro dibuje
Cuando una voz agónica cuente que ella un mundo es.

Uno en el que no pasa el tiempo,
En el que no existen dolor o miedo,
Un universo lejano, casi inimaginable
Del cual esa voz, a ella, siempre la tenga como imagen.

Puede que no necesite una voz esta noche,
Mucho menos que sea esta la que le escribe,
Pero no puede dormir un servidor
Sin que sepas, que eres de este mundo, lo mejor.

¿Quizás?
¡Quizás!
Quizás…

Wolf’s Rain

La lluvia cae como un manto de cristalino brillo sobre la tierra, humedeciendo hasta el más recóndito lugar, ahogando el mundo a su paso para darle vida a los más pequeños seres del planeta.

El frío manto celestial bañaba a aquel solitario lobo de pelaje oscuro y ojos inyectados en sangre. Sabía meses atrás que estaba enfermo, que lo había estado toda la vida, pero aún así no retrocedió un solo paso, no se retiró ni siquiera un ápice.

Recorriendo el empantanado suelo, llenando sus patas, su vientre y su cabeza de barro, no se detuvo un solo minuto. Recorrió tierras que no conocía, praderas que eran esquivas a su lento paso mientras pintaba con el rojo de su sangre la vegetación.

Sus patas lo llevaron al hogar, de manera inevitable, como un recado de aquel dios que no se presentaba nunca pero que estaba en todo lo que se movía. Recordó praderas, árboles y arbustos, todos de manera tan vívida que sentía que nunca había dejado aquel lugar; pero en cada paso que daba encontraba la misma sensación: aquel ya no era su hogar.

Los prados que una vez fueron su sustento y cobijo eran apenas el zaguán de una ilusión vacía, de un recuerdo perdido entre las lágrimas del tiempo y el humo de la memoria. Escapó de aquel lugar, sabiendo que no era bienvenido, que aquello era apenas una ilusión del pasado que tanto atesoró en su recuerdo. 

Llegó hasta un risco cuyo fondo transitaba un bravo río de heladas y mortales aguas. Sabía que al otro lado había salvación, que de alguna manera había algo esperando ahí por él, algo que no se presentaba, pero que estaba presente como el oxígeno en el aire. 

Vió un puente ajado, hecho con madera y cuerdas viejas, hecho con técnicas perdidas en el tiempo, pero seguras y existentes. Caminó por aquel puente hasta su mitad y agudizó su oído. Esperaba un llamado, un mensaje oculto dirigido sólo a él, un susurro de piel que lo invitase a cruzarlo, pero no escuchó nada.

Cabizbajo retornó sobre sus pasos, sabiendo que el viaje que le esperaba era aún mayor que él, mayor que todo aquello que había pensado alguna vez y sintió, por primera vez en años, la incertidumbre y el gusto por lo desconocido. Miró una vez más hacia el otro lado de aquel puente, sonriendo a las sombras que se asomaban en él, sombras que se ocultaban cada vez que él se acercaba y que ya nunca podría alcanzar, porque no era a él a quien esperaban.

Emprendió el paso, cubierto de cicatrices y sangre en su cuerpo. Con la cabeza erguida y los ojos fijados al frente, sabiéndose débil en su carne, pero imparable en su cabeza. La sangre se secó en su piel y se convirtió en un adorno, mostrando a cada paso que daba que había descendido hasta el infierno, y salido a flote de él.

Había dejado de ser un simple lobo para convertirse en algo más.

Ahora era un demonio, uno perdido en medio de la lluvia de los lobos.

Uno con la convicción que sólo pueden dar las ilusiones y la muerte.

Wolf

Caminando por la fría estepa
Un lobo avanza sin dudar,
Mientras el frío de la noche mezcla
Su cansancio y ganas de parar.

La lluvia a su camino llega
Y el gélido bosque
Comienza a atravesar.

En medio de la penumbra
Una sombra alcanza a divisar,
Moviéndose en medio de la espesura,
Invitándolo a avanzar.

Confiando en su olfato,
En el bosque comienza a adentrar,
Evitando el olor a sangre
Que de su pelaje comienza a emanar.

Entre sombras y pequeños ruidos
Habrá de caminar,
Porque el aroma de aquella sombra
Le recuerda al hogar.

Llegó a lo más profundo del bosque,
Y su nariz algo más alcanzó a captar,
Era el aroma de la muerte,
Que junto a la vida llegaba a aquel lugar.

Encontró allí a la sombra,
Que entre sonrisas lo miraba sin parar,
Era lo más bello que había visto
Y sin saberlo, se habría de enamorar.

La vida estaba de su mano,
Y se acercó a su lomo acariciar,
El cálido abrazo de su mano
Lo hizo despertar.

De una infinita pesadilla
Sintió levantar,
Y Ella estaba ahí mirándolo,
Con una sonrisa a medio velar.

Supo entonces que su vida empezaba,
Que todo dejaba atrás,
Con la aparición de aquella sombra…
Todo volvió a brillar.